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Saturday, September 09, 2017

Una vida...

La búsqueda de una lectura extraordinaria continúa porque aquella selección de cuentos tampoco me gustó mucho. Ahora vuelvo a empezar Gabriel García Márquez: Una Vida de Gerald Martin. A ver si es verdad que a la tercera va la vencida. Por ahora el sutil sentido del humor del inglés expresado en español me encanta…

* * *

He estado diecisiete años trabajando en la biografía. Contrariamente a lo que me decía todo aquel con quien hablaba en los primeros estadios del proyecto («No conseguirás acceder a él, y si lo haces, no “cooperará”»), conocía a mi hombre a los pocos meses de acometer el proyecto, y aunque no puede decirse que desbordaba de entusiasmo («¿Por qué quieres escribir una biografía? Las biografías significan la muerte»), se mostró cordial, hospitalario y tolerante. De hecho, siempre que me han preguntado si esta es una biografía autorizada, mi respuesta ha sido invariablemente la misma: «No, no es una biografía autorizada, es una biografía tolerada». No obstante, para sorpresa y gratitud mías, en 2006 el propio García Márquez dijo ante los medios de todo el mundo que yo era su biógrafo «oficial». ¡Así que probablemente yo sea su único biógrafo oficialmente tolerado! Ha sido un privilegio extraordinario.

Gerald Martin, Gabriel García Márquez: Una Vida

Copyright de la traducción © por Eugenia Vázquez Nacarino

Edición de Vintage Español
Una división de Random House, Inc.
Nueva York

Friday, October 23, 2015

Cuando el libro es como una caja de recuerdos


Acabo de leer uno de los libros más raros con los que me he cruzado. A ratos me aterraba, a ratos me aburría, pero, de alguna forma quizá un poco extraña, traía en sí tantas cosas que me llevé de Cádiz que me fue imposible dejarlo.

El librero Juan Manuel Fernández (una de las personas que más saben de literatura en Cádiz)
frente a su librería Manuel de Falla, en la plaza Mina,
de donde me compré La insoportable levedad del ser de Milan Kundera.

Thursday, October 01, 2015

Como los pájaros...

Me recomiendan un libro, yo confío y me encuentro con esta preciosidad que os dejo aquí. Y... ¡lo importante que es el trabajo del traductor! En búlgaro, la novela no me gustó nada, en castellano - me encanta. 

* * *

No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de san Francisco de Asís. 

La insoportable levedad del ser, © 1984 by Milan Kundera
Traducción de Fernando de Valenzuela Villaverde


Monday, September 28, 2015

Cristalizan los momentos...

a D.


Esta mañana en la parada del autobús, luego ya de camino a la oficina y al final, entre llamadas, terminé la novela.
 

Por lo mucho que me gustó el libro, en todas las dimensiones que se valoran en una novela, porque me capturó, me embrujó y todavía no me he recuperado, siento ahora este vacío que dejan en ti las novelas que te llegan al..., al corazón, a todo tu ser quizá. Pero ahora hay también algo más, algo mucho más profundo... Porque Emilia y Daniel, sobre todo en las escenas finales, me hicieron revivir momentos esenciales de hace un mes, que si antes no se habían esfumado, ahora se me han venido encima con toda su intensidad, con toda su fuerza, como un puñal que se te queda clavado. 


Pero, estoy muy feliz.


© 2015, Cristiana Bobeva


* * *

Tenía mi rostro entre sus manos y me miraba a los ojos, con esa mirada directa y limpia a través de la cual se podía avistar su interior. Me era difícil hablar. Las palabras «amor», «añoranza», «promesa» se habían transformado en recipientes demasiado reducidos para contener la magnitud de mis sentimientos. Permanecimos de pie, detenidos en ese contacto donde se cristalizaban los momentos que habíamos pasado juntos.
 

Carla Guelfenbein, Contigo en la distancia

© 2015, Carla Guelfenbein



Saturday, September 19, 2015

¡Fuego!

[…] Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.
Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el Royal Sovereign, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con éste el Santa Ana, el Victory se dirigía contra nosotros. En el Trinidad todos demostraban gran ansiedad por comenzar el fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento más favorable. Como si unos navíos se lo comunicaran a los otros, cual piezas pirotécnicas enlazadas por una mecha común, el fuego se corrió desde el Santa Ana hasta los dos extremos de la línea.
El Victory atacó primero al Redoutable, francés, y rechazado por éste, vino a quedar frente a nuestro costado por barlovento. El momento terrible había llegado: cien voces dijeron ¡fuego!, repitiendo como un eco infernal la del comandante, y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de coraje, se venia sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de fusil, orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al enemigo, redobló su entusiasmo. […]

Benito Pérez Galdós, Trafalgar

The Battle of Trafalgar by William Clarkson Stanfield
Oil on canvas.

Saturday, September 12, 2015

Mal de amores

Este párrafo me dejó sin aliento. El protagonista, Gabriel Araceli, cuenta a su amigo, el inglés lord Gray, cómo ha sufrido y sigue sufriendo por amor.

* * *

-El mundo se me cayó encima. Se apagó el sol... ¿No lo ve usted, hombre; no advierte las horribles tinieblas que nos rodean? Todo se oscureció, cielo y tierra, y el sol y la luna cayeron, como ascuas de un cigarro... Ella y yo nos separamos: leguas y más leguas, días y días y más días se pusieron entre nosotros; yo alargaba los brazos ansiando tocarla con mis manos; pero mis manos no tocaban sino el vacío. Ella subió y yo me quedé donde estaba. Yo miraba y no veía nada... estaba escondida: ¿dónde?, dirá usted... dentro de mi cerebro. Yo me metía las manos en la cabeza y escarbaba allí dentro; pero no la podía coger. Era una burbuja, una partícula, un átomo bullicioso y movible que me atormentaba en sueños y despierto. Quise olvidarla y no pude. De noche cruzaba los brazos y decía: «aquí la tengo; nadie me la quitará...». Cuando me dijeron que me había olvidado, no lo quería creer. Salí a la calle y todo el mundo se reía de mí. ¡Espantosa noche! Escupí al cielo y lo dejé negro... Me metí la mano en el pecho, saqué el corazón, lo estrujé como una naranja y se lo arrojé a los perros.

Benito Pérez Galdós, Cádiz


Thursday, September 10, 2015

Cuando "los cisnes callan..."





» Es horrible la poesía de estos tiempos, porque los cisnes callan, entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan los grajos para chillar. […] 
Benito Pérez Galdós, Cádiz


Sigo redescubriendo...

De mis vacaciones en Cádiz, además de los recuerdos tan maravillosos, me llevé unos cuantos libros. Uno es Las Cortes de Cádiz y La Constitución de 1812, Alianza Editorial, 2012. El libro tiene dos partes: en la primera está la novela histórica Cádiz de Benito Pérez Galdós (forma parte de sus celebrados Episodios Nacionales) y en la segunda viene el texto íntegro de La Pepa.
Debo confesar que hace tiempo quise leer la novela, creo que durante mi estancia “Erasmus” en la ciudad, pero la manera de expresarse de Pérez Galdós no pudo capturarme, me pareció demasiado pomposa, grandilocuente... Sin embargo, ahora me fascina, es tan hermosa, tan precisa... Al leer, tengo la sensación de que el autor baila un vals con las palabras. Además, no he leído a otro autor que compare a una mujer mayor con un castillo.

© 2015, Cristiana Bobeva
* * *
Había pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doña Flora que descollasen los hombres, no acompañados, por lo general, más que de una media docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cual castillos gloriosos, pero ya inútiles, no pretendían ser conquistables ni conquistadas.

Benito Pérez Galdós, Cádiz


Saturday, August 22, 2015

A mi bisabuela materna que de vez en cuando me visita en sueños...

105

Morelliana.

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice «la cómoda de alcanfor», ya nadie habla de «las trebes» —las trébedes—. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.
Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.
(-96)

Julio Cortázar, RAYUELA






Friday, August 21, 2015

Ese pájaro...

El jazz no me gusta demasiado pero esta definición suya en RAYUELA es verdaderamente fascinante. Además, cuando leía el párrafo, me acordé que tenía guardada una foto que le quedaría muy bien. Bueno, seguro que hay mejores, pero al leer, me vino a la mente justo esta, por eso la dejo aquí. Creo que algún amigo o conocido de Facebook la había publicado en su perfil, pero ya no me acuerdo, el que la reconozca, que me escriba, por favor. No tengo ni la más mínima intención de violar derechos de autor.

Y ahora, dejémonos de habladurías, ¡que ya suena el jazz!

©Cristiana Bobeva

***
[…] ...y así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo por todas partes con el don de ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado, les señala que quizá había otros caminos y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizás había otros caminos, y que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias... […]


Julio Cortázar, RAYUELA (cap. 17)


Saturday, August 08, 2015

Toco-Dibujo tu boca...

No quería publicar aquí el capítulo 7 de RAYUELA, porque es muy popular y está en todas partes. No obstante, un día en el trabajo, entre llamadas, se me ocurrió una idea muy interesante de la que los lectores hispano-búlgaros podrán disfrutar en plenitud. Sí, es bilingüe. Por una parte está dicho capítulo de la novela y por otra, una canción búlgara de fines de los ´70: “Risunka”/Dibujo/ del dúo, antes en la vida y en el arte, Mariana y Todor Traichevi. El cariño tan suave de la canción se cruza con el erotismo y la sensualidad del capítulo. Y con este enlace, ya de verdad tengo la sensasión de que estoy jugando a mi propia rayuela, eso sí, guiada por la obra maestra de Julio Cortázar. Pues bien, la canción dice así:

Quiero dibujarte,
no con lápiz o pincel,
te dibujo con mis labios.
[…]
Y en tus labios finos
me detengo mucho, mucho más...

© Cristiana Bobeva, traducción

***
7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
(-8)
Julio Cortázar, RAYUELA



134 - EL JARDIN DE FLORES




Conviene saber que un jardín planeado de manera muy rigurosa, en el estilo de los «parques a la francesa», compuesto de macizos, canteros y arriates dispuestos geométricamente, exige gran competencia y muchos cuidados.
Por el contrario, en un jardín de tipo «inglés», los fracasos del aficionado se disimularán con más facilidad. Algunos arbustos, un cuadro de césped, y una sola platabanda de flores mezcladas que se destaquen netamente, al abrigo de una pared o un seto bien orientados, son los elementos esenciales de un conjunto muy decorativo y muy práctico.
Si por desgracia algunos ejemplares no dan los resultados previstos, será fácil reemplazarlos por medio de trasplantes; no por ello se advertirá imperfección o descuido en el conjunto, pues las demás flores, dispuestas en manchas de superficie, altura y color distintos, formarán siempre un grupo satisfactorio para la vista.
Esta manera de plantar, muy apreciada en Inglaterra y los Estados Unidos, se designa con el nombre de mixed border, es decir, «cantero mezclado». Las flores así dispuestas, que se mezclan, se confunden y desbordan una sobre otras como si hubieran crecido espontáneamente, darán a su jardín un aspecto campestre y natural, mientras que las plantaciones alineadas, en cuadrados y en círculos, tienen siempre un carácter artificial y exigen una perfección absoluta.
Así, por razones tanto prácticas como estéticas, cabe aconsejar el arreglo en mixed border al jardinero aficionado.

Almanaque Haehette


(-25)
  
Julio Cortázar, RAYUELA

  

Sunday, July 26, 2015

Mi RAYUELA

Hace mucho que quería leer a la Rayuela de Julio Cortázar. En realidad, la empecé cuando todavía estaba en la carrera de Letras Hispánicas, pero en una edición crítica de Cátedra en la que las notas al pie de página ocupaban no sólo el “pie”, sino la página entera casi. Apenas leí el primer capítulo: las referencias francesas, aunque explicadas en detalle, o quizá justo por esa razón, me agobiaron muy pronto. Lo confesé a mi profesora de Literatura Hispanoamericana y ella me dijo que Rayuela se debía leer con calma, cuando uno ya sentía que el momento de empezar el juego había llegado. Yo quise leerla cuando tenía pendiente el fin de la carrera, hacía las prácticas obligatorias de dar clases de lengua en una escuela y trabajaba como voluntaria en una biblioteca. Y pues, no, no nos entendimos con el maestro Cortázar.

Ahora sí que nos llevamos de maravilla, me fascina su manera de sacarme de la realidad desde la primera línea, con él logro escaparme de mí misma de una manera muy suave y paulatina y cuando más lo necesito.

La historia de cómo conseguí mi ejemplar cubano del 1969, edición de Casa de Las Américas, también es muy interesante. Estaba en el mercado de libros en el centro de Sofía, buscando en un puesto de libros viejos la novela Litse (“cara”/ “persona” en búlgaro) de Blaga Dimitrova. El hombre revisó su lista, escrita con letra de otras épocas, en una libreta que estaba a punto de deshacerse por lo antigua que era, y me dijo que sí, que tenían la novela. Llamó a una mujer que estaba en el “almacén”, le explicó en cuál de los cajones se encontraba mi novela y le pidió que la trajera al puesto. Mientras estábamos esperando, me puse a revisar los libros en castellano que había y de repente vi a Rayuela. Mostré mi sorpresa y alegría y el librero me preguntó “¿De verdad es tan famoso y significativo este libro?”. Yo, con todo el entusiasmo del mundo, le expliqué que es uno de los pilares de la literatura hispanoamericana contemporánea. Él, en vez de subir el precio del libro por las nubes viendo lo mucho que lo quería (práctica común para cualquier vendedor), me dijo “Te lo doy por 5 levas” (2.50 euros).

El prefacio, “Cortázar y el comienzo de la otra novela”, de José Lezama Lima, es uno de los pocos que han logrado mantener mi interés hasta el final. Aquí les dejo una cita breve, preciosa...
© Cristiana Bobeva


***
[…] «Por su parte, dice Cortázar, las rayuelas, como casi todos los juegos infantiles, son ceremonias que tienen un remoto origen místico y religioso. Ahora están desacralizadas, por supuesto, pero conservan en el fondo algo de su antiguo valor sagrado.»


Sunday, January 25, 2015

"Час-фик"

Настъпва неговият час. Часът на фикуса. Час-фик, обратен на час-пик.
       Когато движението спре, самоизчерпано. И шумовете се взаимозаглушат. И когато думите за заключат обратно в устата. Тогава. Една сянка, разклонена като сторък Буда в ъгъла до прозореца. Листата му, без да помръднат, протягат дълги, източени пръсти от зелено излъчване. И проникват дълбоко в кладенеца на съня, до самото дъно, където са напластени неизвестност връз неизвестност. 

Блага Димитрова, Лице

Личен архив. Един много, много, наистина много голям фикус,
Кадис, Испания.

Южноиспанският фикус от снимката е пълната противоположност на този, описан в романа и може би точно заради това, докато четях, изведнъж се сетих за него. Не е затворен между стените на някой апартамент, не е в саксия, на вечния си пост до прозореца. Дошъл от Австралия с една монахиня, вековен съсед на океана, той е толкова огромен и величествен, че трябваше да стигна до сами бордюра на тротоара, за да успеем с обектива да го обхванем целия, или поне да се опитаме. 

И отново се заплетоха спомените и книгите...


© Христиана Бобева


A todos los que les interese esta publicación en castellano - la pueden encontrar aquí
Traducción del búlgaro: Cristiana Bobeva, todos los derechos reservados.

Sunday, December 07, 2014

Del amor



Hace unos días enré en una librería buscando la novela de Blaga Dimitrova - para mí la más distinguida escritora búlgara - que se acababa de reeditar. La encontré pero antes de irme, fui a la sección de libros en inglés, por si había algo de Faulkner. Entre toda la ciencia-ficción amontonada en el mostrador, se escondía una edición preciosísima de Del amor y otros demonios (en versión original) de García Márquez. Me la llevé, por supuesto. Bueno, al principio no del todo, porque pagué la cuenta pero me olvidé de los libros. El chico de la librería salió corriendo detrás de mí y yo ni me había dado cuenta. En fin, después de esta confesión, dejo al estimado lector con uno de los momentos más hermosos del libro, tan íntimo, tan tierno que nos olvidamos de las rejas de la celda.


© Cristiana Bobeva

***

Algo se movió en el corazón de Sierva María, pues quiso oír el verso de nuevo. Él lo repitió, y esta vez siguió de largo, con voz intensa y bien articulada, hasta el último de los cuarenta sonetos del caballero de amor y de armas, don Garcilaso de la Vega, muerto en la flor de la edad por una pedrada de guerra.
Cuando terminó, Cayetano tomó la mano de Sierva María y la puso sobre su corazón. Ella sintió dentro el fragor de su tormenta.
«Siempre estoy así», dijo él.
Y sin darle tiempo al pánico se liberó de la materia turbia que le impedía vivir. Le confesó que no tenía un instante sin pensar en ella, que cuanto comía y bebía tenía el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como sólo Dios tenía el derecho y el poder de serlo, y que el gozo supremo de su corazón sería morirse con ella. Siguió hablándole sin mirarla, con la misma fluidez y el calor con que recitaba, hasta que tuvo la impresión de que Sierva María se había dormido. Pero estaba despierta, fijos en él sus ojos de cierva azorada. Apenas se atrevió a preguntar:
«¿ Y ahora?»
«Ahora nada», dijo él. «Me basta con que lo sepas».
No pudo seguir. Llorando en silencio pasó su brazo por debajo de la cabeza de ella para que le sirviera de almohada, y ella se enroscó en su costado. Permanecieron así, sin dormir, sin hablar, hasta que empezaron a cantar los gallos, y él tuvo que apurarse para llegar a tiempo a la misa de cinco. Antes que se fuera, Sierva María le regaló el precioso collar de Oddúa: dieciocho pulgadas de cuentas de nacar y coral.
El pánico había sido reemplazado por la zozobra del corazón. Delaura no tenía sosiego, hacía las cosas de cualquier modo, flotaba, hasta la hora feliz en que huía del hospital para ver a Sierva María. Llegaba jadeando a la celda ensopado por las lluvias perpetuas, y ella lo esperaba con tal ansiedad que la sola sonrisa de él le devolvía el aliento. Una noche fue ella quien tomó la iniciativa con los versos que aprendía de tanto oírlos. «Cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por donde me has traído», recitó. Y preguntó con picardía:
«¿Cómo sigue?»
«Yo acabaré, que me entregué sin arte a quien sabrá perderme y acabarme», dijo él.
Ella lo repitió con la misma ternura, y continuaron así hasta el final del libro, saltando versos, pervirtiendo y tergiversando los sonetos por conveniencia, jugueteando con ellos a su antojo con un dominio de dueños. Se durmieron de cansancio. La guardiana entró con el desayuno a las cinco, en medio de la algazara de los gallos, y ambos despertaron asustados. Se les paró la vida. La vigilante puso el desayuno en la mesa, hizo una inspección de rutina con el farol, y salió sin ver a Cayetano en la cama.
«Lucifer es un bicho», se burló él cuando recobró el aire. «También a mí me ha vuelto invisible».

Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios

Eliza Triana y Pablo Derqui en la adaptación cinematográfica
de la novela (Costa Rica, 2010).
 

Thursday, July 24, 2014

"6. Las metamorfosis"


     Todos sabían que la iguana verde, la mariposa nocturna, el perro desconocido, el alcatraz inverosímil, no eran sino simples disfraces. Dotado del poder de transformarse en animal de pezuña, en ave, pez o insecto, Mackandal visitaba continuamente las haciendas de la Llanura para vigilar a sus fieles y saber si todavía confiaban en su regreso. De metamorfosis en metamorfosis, el manco estaba en todas partes, habiendo recobrado su integridad corpórea al vestir trajes de animales. Con alas un día, con agallas al otro, galopando o reptando, se había adueñado del curso de los ríos subterráneos, de las cavernas de la costa, de las copas de los árboles, y reinaba ya sobre la isla entera. Ahora, sus poderes eran ilimitados. Lo mismo podía cubrir una yegua que descansar en el frescor de un aljibe, posarse en las ramas ligeras de un aromo o colarse por el ojo de una cerradura. Los perros no le ladraban; mudaba de sombra según le conviniera. [...]  
      Cuatro años duró la ansiosa espera, sin que los oídos bien abiertos desesperaran de escuchar, en cualquier momento, la voz de los grandes caracoles que debían de sonar en la montaña para anunciar a todos que Mackandal había cerrado el ciclo de sus metamorfosis, volviendo a asentarse, nervudo y duro, con testículos como piedras, sobre sus piernas de hombre.

Alejo Carpentier, El reino de este mundo

"Mackandal" (óleo, 1999) por Rafael Trelles.

Tuesday, June 17, 2014

El flechazo más lindo de la literatura...

      La había visto por primera vez una tarde en que Lotario Thugut lo encargó de llevar un telegrama a alguien sin domicilio conocido que se llamaba Lorenzo Daza. Lo encontró en el parquecito de los Evangelios, en una de las casas más antiguas, medio arruinada, cuyo patio interior parecía el claustro de una abadía, con malezas en los canteros y una fuente de piedra sin agua. Florentino Ariza no percibió ningún ruido humano cuando siguió a la criada descalza bajo los arcos del corredor, donde había cajones de mudanza todavía sin abrir, y útiles de albañiles entre restos de cal y bultos de cemento arrumados, pues la casa estaba sometida a una restauración radical. Al fondo del patio había una oficina provisional, donde dormía la siesta sentado frente al escritorio un hombre muy gordo de patillas rizadas que se confundían con los bigotes. Se llamaba, en efecto, Lorenzo Daza, y no era muy conocido en la ciudad porque había llegado hacía menos de dos años y no era hombre de muchos amigos.
      Recibió el telegrama como si fuera la continuación de un sueño aciago. Florentino Ariza observó los ojos lívidos con una especie de compasión oficial, observó los dedos inciertos tratando de romper la estampilla, el miedo del corazón que había visto tantas veces en tantos destinatarios que todavía no lograban pensar en los telegramas sin relacionarlos con la muerte. Cuando lo leyó recobró el dominio. Suspiró: “Buenas noticias”. Y le entregó a Florentino Ariza los cinco reales de rigor, dándole a entender con una sonrisa de alivio que no se los habría dado si las noticias hubieran sido malas. Luego lo despidió con un apretón de manos, que no era de uso con un mensajero del telégrafo, y la criada lo acompañó hasta el portón de la calle, no tanto para conducirlo como para vigilarlo. Hicieron el mismo recorrido en sentido contrario por el corredor de arcadas, pero esta vez supo Florentino Ariza que había alguien más en la casa, porque la claridad del patio estaba ocupada por una voz de mujer que repetía una lección de lectura. Al pasar frente al cuarto de coser vio por la ventana a una mujer mayor y a una niña, sentadas en dos sillas muy juntas, y ambas siguiendo la lectura en el mismo libro que la mujer mantenía abierto en el regazo. Le pareció una visión rara: la hija enseñando a leer a la madre. La apreciación era incorrecta sólo en parte, porque la mujer era la tía y no la madre de la niña, aunque la había criado como si lo fuera. La lección no se interrumpió, pero la niña levantó la vista para ver quién pasaba por la ventana, y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado.
      Lo único que Florentino Ariza pudo averiguar de Lorenzo Daza fue que había venido de San Juan de la Ciénaga con la hija única y la hermana soltera poco después de la peste del cólera, y quienes lo vieron desembarcar no dudaron de que venía para quedarse, pues traía todo lo necesario para una casa bien guarnecida. La esposa había muerto cuando la hija era muy niña. La hermana se llamaba Escolástica, tenía cuarenta años y estaba cumpliendo una manda con el hábito de San Francisco cuando salía a la calle, y sólo el cordón en la cintura cuando estaba en casa. La niña tenía trece años y se llamaba igual que la madre muerta: Fermina. 

Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera

Imagen de la película "El amor en los tiempos del cólera",
Giovanna Mezzogiorno como Fermina.

Saturday, May 17, 2014

Microteatro.



¿No me oyes?― preguntó en voz baja.
Y su voz me respondió:
¿Dónde estás?
Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?
No, hijo, no te veo.
Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
No te veo.
 
□ □ □
Juan Rulfo, Pedro Páramo

Thursday, May 01, 2014

El sol después de la lluvia...

[...] Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. [...] Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire.

Juan Rulfo, Pedro Páramo


Las voces en el silencio...

[...] Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.
      De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo que me había dicho mi madre: «Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.» Mi madre... la viva.

Juan Rulfo, Pedro Páramo