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Monday, February 12, 2018

Análisis y comparación de los cuentos de Horacio Quiroga, “A la deriva” y “Nuestro primer cigarro”





Facultad de Filologías clásicas y modernas


Departamento de Estudios Iberoamericanos

 
Asignatura: Literatura hispanoamericana del siglo XX


Estudiante: Hristiana Bobeva,
Número de facultad: 41561

* * *
         
Horacio Quiroga nace en 1878 en Uruguay donde vive hasta los 23 años de edad. Luego de matar accidentalmente a su mejor amigo, se traslada a Argentina donde vive hasta el final de su vida. Decisivo para él resulta el viaje con Leopoldo Lugones hacia la selva en la provincia de Misiones. Tres años después, él decide instalarse definitivamente allí, comprando unas tierras sobre la orilla del río Alto Paraná que está presente en sus Cuentos de amor, de locura y de muerte.
¿Por qué un hombre con una posición social respetable y una vida holgada, sin nada de preocupaciones económicas, decide abandonar todas las comodidades del mundo “civilizado” e irse a vivir en la selva, con sus constantes peligros? Durante la expedición, organizada por Lugones, Quiroga se da cuenta de que la selva es lo que necesita para poder expresar en su obra literaria el mundo que lleva dentro, esta región fronteriza e inclemente es la que le alimenta el alma. En los cuentos de este período, marcado por la exuberante y cruel naturaleza de la selva, el escritor utiliza un lenguaje “imperfecto” desde el punto de vista de los cánones literarios, para recrear con verosimilitud un mundo también imperfecto, violento e inhumano. La muerte para él no es sino una amenaza constante para su obra, para lo que le queda por decir. Según sus propias palabras, cuando ya considera que lo ha dicho todo, empieza a ver la muerte desde una perspectiva diferente. Después del trágico accidente con su amigo ya mencionado, después de haber presenciado el suicidio de su padrastro (su padre muere en un accidente de caza), después de que su segunda mujer también se suicida, por no poder soportar la dura vida en la selva, Quiroga se quita la vida a los 59 años.
Los cuentos, objeto de este trabajo, forman parte de su libro Cuentos de amor, de locura y de muerte, publicado en 1917. La época en la que aparece el libro es de transición en la literatura. Conviven en Hispanoamérica distintas maneras de escribir cuentos. Está la corriente modernista (Rubén Darío, Gutiérrez Nájera) para la que la forma, el lenguaje mismo, es lo esencial. Pero también empieza a observarse una modernización en la que el contenido cobra más importancia. En muchos de los cuentos, el personaje es escritor o poeta, que reflexiona sobre la escritura. La gran paradoja es que el “Nuevo mundo” y su literatura se están modernizando mediante el modelo francés de la decadencia. Quiroga escribe sobre personajes marginados (campesinos, viudas, etc.) y constituye el cuento como lo conocemos hoy en día: con conflicto, desarrollo de la acción, reacción de los personajes, solución, y todo esto en el marco de la unidad temática.
El primer cuento, “A la deriva”, tiene como tema principal la eterna obsesión de Quiroga, es decir, la muerte, presentada como un hecho azaroso y repentino. El personaje principal es un hombre, uno secundario es la mujer de este, y hay también un personaje tácito, antiguo amigo del protagonista. Desde el título nos damos cuenta de que el texto nos presentará la inclemencia de la naturaleza con un hombre indefenso, que está a la deriva. Sabiendo que la selva es siempre cruel con los personajes del escritor, incluso podríamos adivinar el final. En el mismo principio, sin ningún tipo de introducción, somos testigos de cómo una víbora muerde al protagonista. No tenemos tiempo de retomar el aliento, las cosas suceden en un abrir y cerrar de ojos. Aunque el hombre conoce la inclemencia del ambiente - es un nativo - no se desespera por la mordedura, sino que, con todas sus energías y ganas de vivir, va a su casa para saciar la sed que lo invade con caña. Mientras tanto, el lector presencia el rápido e irreversible proceso del envenenamiento, predomina el léxico expresivo, que hace constante alusión al fuego: “fulgurantes puntadas”, “relámpagos”, “sed quemante”, “dolor agudo”, “monstruosa hinchazón”, “devoraba”. Esta fuerte sensación de ahogamiento casi físico que Quiroga magistralmente infunde al lector, es reforzada por la narración de las acciones con verbos en pretérito indefinido.
A pesar de su estado que va empeorando minuto a minuto, el hombre tiene fuerzas para regañar a su mujer, todavía no queriendo aceptar la gravedad de la situación. El primer choque para él es cuando se da cuenta de que no siente el sabor de la caña y su sed no se sacia, sino que se vuelve aún más quemante. No obstante, arrastrándose apenas, el protagonista sigue tenaz en su lucha contra la muerte, a pesar del “lustre gangrenoso” de su pierna, a pesar de “los dolores fulminantes” y la “atroz sequedad de garganta”. Cuando intenta ponerse de pie, “un fulminante vómito” no se lo permite, pero ni después de esto se da por vencido. Sus ganas de vivir, las más humanas de todas, lo mantienen fuerte y a los lectores nos parece que podría salvarse. Con “sombría energía”, “manos dormidas” y “un nuevo vómito – de sangre”, él va en busca de un antiguo amigo suyo. Han tenido discrepancias en el pasado pero el hombre espera que, por misericordia humana, su amigo le ayude. Sin embargo, en la inclemente naturaleza la misericordia no existe. La indiferencia del prójimo está en unísono con la naturaleza: “En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor.” La corriente se apodera de él y lo lleva “velozmente a la deriva”. El río, en general símbolo de la vida, es “fúnebremente” encajonado en su lecho. Para el lector todo está claro ya, no hay esperanza para el hombre. Pero este, en su mente, sigue la lucha por la vida y confunde los instantes previos a la muerte con una mejoría. Somos testigos de la tragedia de un ser vivo que se niega a morir, pero su destino es este, además, su cuerpo ya no puede luchar. Parece que, hasta su último aliento, el protagonista no se dé cuenta de que se está muriendo.
La trilogía territorial del cuento también es interesante. El hombre se deja llevar por la corriente hasta la costa brasileña para pedir ayuda, pero al arrastrarle el río a la deriva, la lancha se queda entre las costas argentina y paraguaya, unidas por la línea imaginaria trazada por el vuelo de los guacamayos. Esta es también la frontera entre la vida y la muerte, donde reina la agonía.
La elipsis en la penúltima oración, “--Un jueves...” representa de manera gráfica el último respiro del envenenado, lo que viene confirmado por el breve final: “Y cesó de respirar.” En este cuento para Quiroga es esencial que presenciemos la terrible agonía de un ser humano que está condenado a muerte desde el título.
El segundo cuento, “Nuestro primer cigarro”, aunque es parte del mismo libro, es bien diferente. No obstante, se podrían trazar paralelos en ciertos aspectos. Por ejemplo, el tema de nuevo está claro desde el título: el primer encuentro de unos chicos, a lo mejor, con el vicio de los adultos de fumar. Esta es la base en torno a la que se desarrolla la acción. También está presente la muerte, de varias maneras que estudiaremos en adelante. Los personajes principales son Eduardo, de ocho años, y su hermana, su tío, su tía muerta, su madre y algunos parientes más.
El cuento es realista, como casi todos de este libro, con algunos elementos costumbristas: por ejemplo, el tío que quiere educar a los hijos de su hermana enviudada. Con esta situación se presenta también la sociedad moderna: la madre educa sola a sus hijos y su hermano, tratando de restablecer la armonía familiar, “choca” con su rebelde sobrino y de esta manera los dos se convierten en los catalizadores del conflicto, obligatorio en los cuentos de Quiroga.
Cosa que salta a la vista desde la primera oración es la macabra ironía con la que el protagonista recuerda la época en la que murió su tía. Teniendo en cuenta las trágicas muertes que marcan a Quiroga desde muy temprana edad, podríamos hacer un análisis freudiano para entender mejor por qué este morbo de los chicos con la muerte, por qué hasta se tienen envidia unos a otros cuando un familiar muere. Para ellos esto no significa ni dolor, ni pérdida. Es cuando, aprovechando la preocupación de los mayores, los chicos son libres para descubrir nuevos territorios, nuevos vicios...
En este cuento, igual que en el anterior, aunque de una forma mucho más concisa, somos testigos de cómo la enfermedad se apodera de la tía. El diálogo corto entre ella y su hermana, la madre de nuestros protagonistas, es significativo porque desde el principio sabemos que ella muere, pero para el autor es importante que la veamos antes de morir, cuando ya está enferma pero apenas se da cuenta. El lenguaje con el que se describe el pánico que provoca la viruela de la tía tiene efectos auditivos para el lector: “fuerte agitación..., puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos cortados de exclamaciones, y semblantes asustados.” La sensación de pánico, creada mediante el léxico, se refuerza por la ausencia de actualización en la enumeración del protagonista, un fenómeno estilístico que apunta a la esencia de las cosas y no a su mera existencia.
Los espacios de este cuento también deben ser mencionados. Aquí tenemos una oposición entre el espacio de la casa, representación de la urbanidad, de la modernidad, y el de la quinta, con la tupida vegetación, que parece un paraíso terrenal y es una vuelta atrás en el tiempo para los chicos. El cañaveral es la selva pequeña de los dos hermanos y es allí, no en el espacio urbano, donde descubren el vicio de fumar. Llevan el tabaco desde la casa hasta “la selva”. Este hecho, una travesura inocente a primera vista, es simbólico: con la civilización moderna, ni la selva virgen se puede salvar de los vicios reinantes en el “mundo desarrollado”. En este cuento la naturaleza es cómplice en las aventuras de los chicos, no una constante amenaza a la vida sino todo lo contrario: la Madre Naturaleza les protege de la crueldad del tío, encarnación del orden y la civilización.
La acción de fumar es tratada a la manera de Baudelaire: el tabaco crea un paraíso artificial, un mundo nuevo que el chico explora, al mismo tiempo que se conoce más a sí mismo. He aquí otro ejemplo de la fuerte influencia francesa en la literatura hispanoamericana de la época.
La obsesión de Quiroga con la muerte no está presente sólo por medio de la tía que muere al principio. Al estar perseguido por su tío, Eduardo se esconde en el cañaveral, haciendo creer a todos que se ha tirado al pozo, suicidándose para que no le pegara su tío. El muchacho no tiene ningún remordimiento por causar tal dolor a su madre porque, como dice él mismo, “estaba en verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas semitrágicas...” Lo único que le importa es vengarse de su tío. Esta actitud a sangre fría por parte de un chico de primaria, pone los pelos en punta, nos hace pensar que a veces la crueldad de los niños es mayor que la de los adultos. Casi al final del cuento, al fumar demasiado en su escondite, Eduardo pierde la conciencia. El autor nos hace creer que, engañando a todos que está muerto, el chico se mata de verdad con el tabaco. De nuevo hay una representación gráfica, una línea entera de puntos suspensivos, que alude al cardiograma de línea recta de un muerto. Sin embargo, el chico se recupera. Su tío le advierte que dirá la verdad a su hermana, pero Eduardo lo amenaza con tirarse al pozo, esta vez de verdad. Y lo horrible consiste en que, con sólo ocho años, nuestro pequeño protagonista tiene una mirada suicida que asusta a su tío. Al recordar todo esto, el protagonista se pregunta con ironía: “Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, ¿expresan acaso desesperado valor?”
Es curioso que los dos cuentos, tan diferentes en cuando a temática, estilo e incluso extensión, terminan de una manera, hasta cierto punto, similar. En “A la deriva” era “Y cesó de respirar.”, aquí: “Y me dormí.” Aunque de contenido diferente, las dos oraciones tienen una estructura idéntica: la conjugación “y” que une todo lo sucedido con el final brusco, y un verbo en pretérito indefinido que pone fin de una manera inmediata.
Los dos cuentos, brevemente analizados aquí, trazan un cuadro pequeño pero íntegro de algunos aspectos en la obra de Horacio Quiroga. La muerte no tiene piedad cuando haya elegido a su víctima que por mucho que luche, no tiene ninguna posibilidad de salvarse. Los chicos disfrutan de la muerte de un pariente lejano, se enorgullecen ante sus amigos por esta tragedia que ha acaecido a la familia. La naturaleza, siempre cruel con el hombre, es también su víctima porque él lleva allí a sus vicios desde pequeño. Los espacios en los cuentos están siempre bien definidos, a veces en oposición entre sí. Pero lo esencial es la muerte, un hecho repentino y breve en sí que está precedido de una lenta y dolorosa agonía, sea un envenenamiento o una enfermedad.
 
© Hristiana Bobeva, 2018

 BIBLIOGRAFÍA

Quiroga Horacio, Cuentos, Edición de Leonor Fleming, Madrid, -CATEDRA- Letras Hispánicas, 2001

Quiroga Horacio, Cuentos de amor, de locura y de muerte. Cuentos de la selva, Barcelona, Edicomunicación, 1999

Vucheva Evgenia, Estilística del español actual, Sofía, Editorial Universitaria “San Clemente de Ojrid”, 2008
http://youtu.be/lI7vHbX5T88 De la colección “Claves de lectura”, consultado el 8 de enero de 2014.



Thursday, September 07, 2017

За Алиса и как през Огледалния свят стигнах до испаноамерикански разкази от '70те...


Много рядко ми се случва да се откажа от някоя книга преди дори да съм стигнала средата. С „Алиса в Огледалния свят“ обаче се случи точно това, не знам защо. „Алиса в Страната на чудесата“ я прочетох доста бързо – не бях особено впечатлена, но поне я довърших... Даже се развълнувах леко при появата на мъдрата Чеширска котка и на Гъсеницата. В Огледалния свят се препънах още в самото начало на трета глава –  някак си пчелите-слонове добиващи неописуеми количества мед от огромни цветя-имения без покрив не успяха да ме докоснат. Сега, за разнообразие и необходимо възстановяване след разочароващо четиво, се връщам към испаноезичните корени, че после и за българските имам планове. Отидох до чуждестранната секция на библиотеката (личната имам предвид) и тази книжка ми намигна.

Важно!!! Това е само личното ми мнение. В никой случай не искам и не се опитвам да оценявам или критикувам британската класика на Луис Карол.

© Христиана Бобева, 2017



Saturday, May 31, 2014

"Posibilidades de la abstracción"

      Trabajo desde hace años en la Unesco y otros organismos internacionales, pese a lo cual conservo algún sentido del humor y especialmente una notable capacidad de abstracción, es decir, que si no me gusta un tipo lo borro del mapa con sólo decidirlo, y mientras él habla y habla yo me paso a Melville y el pobre cree que lo estoy escuchando. De la misma manera, si me gusta una chica puedo abstraerle la ropa apenas entra en mi campo visual, y mientras me habla de lo fría que está la mañana yo me paso largos minutos admirándole el ombliguito. A veces es casi malsana esta facilidad que tengo.
El lunes pasado fueron las orejas. A la hora de entrada era extraordinario el número de orejas que se desplazaban en la galería de entrada. En mi oficina encontré seis orejas; en la cantina, a mediodía, había más de quinientas, simétricamente ordenadas en dobles filas. Era divertido ver de cuando en cuando dos orejas que remontaban, salían de la fila y se alejaban. Parecían alas.
      El martes elegí algo que creía menos frecuente: los relojes de pulsera. Me engañé, porque a la hora del almuerzo pude ver cerca de doscientos que sobrevolaban las mesas con un movimiento hacia atrás y adelante, que recordaba particularmente la acción de diseccionar un biftec. El miércoles preferí (con cierto embarazo) algo más fundamental, y elegí los botones. ¡Oh espectáculo! El aire de la galería lleno de cardúmenes de ojos opacos que se desplazaban horizontalmente, mientras a los lados de cada pequeño batallón horizontal se balanceaban pendularmente dos, tres o cuatro botones. En el ascensor la saturación era indescriptible: centenares de botones inmóviles, o moviéndose apenas, en un asombroso cubo cristalográfico. Recuerdo especialmente una ventana (era por la tarde) contra el cielo azul. Ocho botones rojos dibujaban una delicada vertical, y aquí y allá se movían suavemente unos pequeños discos nacarados y secretos. Esa mujer debía ser tan hermosa.
      El miércoles era de ceniza, día en que los procesos digestivos me parecieron ilustración adecuada a la circunstancia, por lo cual a las nueve y media fui mohíno espectador de la llegada de centenares de bolsas llenas de una papilla grisácea, resultante de la mezcla de corn-flakes, café con leche y medialunas. En la cantina vi cómo una naranja se dividía en prolijos gajos, que en un momento dado perdían su forma y bajaban uno tras otro hasta formar a cierta altura un depósito blanquecino. En ese estado la naranja recorrió el pasillo, bajó cuatro pisos y, luego de entrar en una oficina, fue a inmovilizarse en un punto situado entre los dos brazos de un sillón. Algo más lejos se veían en análogo reposo un cuarto de litro de té cargado. Como curioso paréntesis (mi facultad de abstracción suele ejercerse arbitrariamente) podía ver además una bocanada de humo que se entubaba verticalmente, se dividía en dos translúcidas vejigas, subía otra vez por el tubo y luego de una graciosa voluta se dispersaba en barrocos resultados. Más tarde (yo estaba en otra oficina) encontré un pretexto para volver a visitar la naranja, el té y el humo. Pero el humo había desaparecido, y en vez de la naranja y el té había dos desagradables tubos retorcidos. Hasta la abstracción tiene su lado penoso; saludé a los tubos y me volví a mi despacho. Mi secretaria lloraba, leyendo el decreto por el cual me dejaban cesante. Para consolarme decidí abstraer sus lágrimas, y por un rato me deleité con esas diminutas fuentes cristalinas que nacían en el aire y se aplastaban en los biblioratos, el secante y el boletín oficial. La vida está llena de hermosuras así. 
 
Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas
 
 

Wednesday, May 28, 2014

"...a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj."

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

      Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices, y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con anácora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de a atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demas relojes. No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

***

Instrucciones para dar cuerda al reloj

      Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
      ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa. 

Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas



Saturday, April 19, 2014

"Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo"


El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. 
Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora del almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra le dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en el corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me ha amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Sólo al atardecer, después que se negó a almorzar, dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volví a mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos. Pero la vaca permaneció imperturbable, en el jardín, dura, inviolable, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortaja en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente y pastosa. La temperatura no era fría ni caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos. No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto de la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciegas y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde. De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor, si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban, se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los muebles amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaban, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo no sentía sobresalto alguno porque yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos, sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿Quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo. Y yo le dije: “¿Los oyes?”. Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!”. Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada.Estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grité: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de Martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Sólo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad. 
“Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.

Gabriel García Márquez
(1955)


 

Saturday, March 22, 2014

La Nirvana de «Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom»

    Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.  
     Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.  
     Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Jorge Luis Borges, El Aleph,
"La escritura de Dios"



 

Saturday, March 15, 2014

El espíritu mozárabe de Andalucía...

[...] Escribía con lenta seguridad, de derecha a izquierda; el ejercicio de formar silogismos y de eslabonar vastos párrafos no le impedía sentir, como un bienestar, la fresca y honda casa que lo rodeaba. En el fondo de la siesta se enronquecían amorosas palomas; de algún patio invisible se elevaba el rumor de la fuente; algo en la carne de Averroes, cuyos antepasados procedían de los desiertos árabes, agradecía la constancia del agua. Abajo estaban los jardines, la huerta; abajo, el atareado Guadalquivir y después la querida ciudad de Córdoba, no menos clara que Bagdad o que el Cairo, como un complejo y delicado instrumento, y alrededor (esto Averroes lo sentía también) se dilataba hacia el confín la tierra de España, en la que hay pocas cosas, pero donde cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno.

 Jorge Luis Borges, El Aleph,
"La busca de Averroes"

Los jardines de El Alcázar de Córdoba.