Wednesday, May 28, 2014

"...a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj."

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

      Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices, y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con anácora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de a atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demas relojes. No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

***

Instrucciones para dar cuerda al reloj

      Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
      ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa. 

Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas



Saturday, May 17, 2014

Microteatro.



―¿No me oyes?― preguntó en voz baja.
Y su voz me respondió:
―¿Dónde estás?
―Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?
―No, hijo, no te veo.
Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
―No te veo.
 
□ □ □
Juan Rulfo, Pedro Páramo

Saturday, May 10, 2014

"Aunque tú no lo sepas..."

Como la luz de un sueño,  
que no raya en el mundo pero existe,  
así he vivido yo  
iluminando  
esa parte de ti que no conoces,  
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.  

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.


Luis García Montero, Habitaciones separadas

Imágen de la película "Ghost: más allá del amor"
con Demi Moore y Patrick Swayze

Thursday, May 01, 2014

El sol después de la lluvia...

[...] Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. [...] Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire.

Juan Rulfo, Pedro Páramo


Las voces en el silencio...

[...] Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.
      De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo que me había dicho mi madre: «Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.» Mi madre... la viva.

Juan Rulfo, Pedro Páramo

 

Saturday, April 19, 2014

"Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo"


El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. 
Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora del almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra le dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en el corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me ha amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Sólo al atardecer, después que se negó a almorzar, dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volví a mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos. Pero la vaca permaneció imperturbable, en el jardín, dura, inviolable, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortaja en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente y pastosa. La temperatura no era fría ni caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos. No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto de la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciegas y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde. De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor, si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban, se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los muebles amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaban, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo no sentía sobresalto alguno porque yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos, sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿Quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo. Y yo le dije: “¿Los oyes?”. Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!”. Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “Estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grité: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de Martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Sólo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad. 
“Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.

Gabriel García Márquez
(1955)


 

Friday, April 18, 2014

¡Descanse en paz, maestro García Márquez!

[...] En ésas andaba una noche de domingo en que por fin me sucedió algo que merecía contarse. Había pasado casi todo el día ventilando mis frustraciones de escritor con Gonzalo Mallarino en su casa de la avenida Chile, y cuando regresaba a la pensión en el último tranvía subió un fauno de carne y hueso en la estación de Chapinero. He dicho bien: un fauno. Noté que ninguno de los escasos pasajeros de medianoche se sorprendió de verlo, y eso me hizo pensar que era uno más de los disfrazados que los domingos vendían de todo en los parques de niños. Pero la realidad me convenció de que no podía dudar, porque su cornamenta y sus barbas eran tan montaraces como las de un chivo, hasta el punto que percibí al pasar el tufo de su pelambre. Antes de la calle 26, que era la del cementerio, descendió con unos modos de buen padre de familia y desapareció entre las arboledas del parque.
     Después de la media noche, despertado por mis tumbos en la cama, Domingo Manuel Vega me preguntó qué me pasaba. «Es que un fauno se subió en el tranvía», le dije entre sueños. El me replicó bien despierto que si era una pesadilla debía ser por la mala digestión del domingo, pero si era el tema para mi próximo cuento le parecía fantástico. La mañana siguiente ya no supe si en realidad había visto un fauno en el tranvía o si había sido una alucinación dominical. Empecé por admitir que me había dormido por el cansancio del día y tuve un sueño tan nítido que no podía separarlo de la realidad. Pero lo esencial para mí no terminó por ser si el fauno era real, sino que lo había vivido como si lo fuera. Y por lo mismo -real o soñado- no era legítimo considerarlo como un embrujo de la imaginación sino como una experiencia maravillosa de mi vida.
      Así que lo escribí al día siguiente de un tirón, lo puse debajo de la almohada y lo leí y releí varias noches antes de dormir y en las mañanas al despertar. Era una transcripción descarnada y literal del episodio del tranvía, tal como ocurrió, y en un estilo tan inocente como la noticia de un bautismo en una página social. [...]

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla 
(2002) 

Почивай в мир!
Rest in peace!
 

Saturday, April 05, 2014

Рафина.


Обърнах се и застанах лице с лице пред един друг век. Насреща идеше родопчанка с кобилица на рамо. Още от ранно утро уморена, тя се спря. Пътечката бе тясна да се разминат два века. Единият под чер чембер, а другият в избелял панталон. Тя отмахна чембера, сякаш да отпъди сянка. Очите й имаха цвят на ръждив желъд. Това бе Рафина, жената на болния Садък.

— Добро утро!

— Добра среща!

Думите й, дълго носени и обръщани от времето, бяха като камъни, огладени от река:

— Лош сън ли ти се присъни нощес, че си посърнала?

— Не ми върви…

— Ела да ти хвърля боб! Всичко ще ти позная!

— Довечера… Сега ще закъснея за работа.

Речта й, напевна и топла, разтваряше целите планини и ме приютяваше:

— Пуста работа, свършек няма! И ти наред с мъжете… Ела след работа! Ще ти кажа късмета! Не чакай повтор калеска!

Сред думите на моя век все в една тоналност — или гръмко патетични, или натрапливо разяснителни, или премълчани — нейните самородни, пеещи думи ме залюляха в съвсем друг ритъм като в люлката на забравено детство:
 
— Хубавинко момиче си, ама защо си отрязала косите си и защо ходиш все с гащи?

***

— На какво тъй хубаво мирише? — я попитах.
— Зарзалки се сушат, сини сливи се разцепват да падне костилката, дюли на резени се пущат, круши меденки се притурят. Мащерка се наръсва отгоре…
Сърбах с наслада благоуханните думи на Рафина.

Език… Познат от детството и все непознат. Все ме поразява с новота. Хилядолетно дърво с корени в дълбините на времето — дърво, което гугука, пее, шуми, гърми в мене. Странно! Вековете с подковани копита са погазвали в тая земя всяка тревица и клас, всяко гроздово зърно и бучка пръст. Но слова, ароматни като диви ягоди, са оцелели в люлчени песни, в забранени предания, в любовни напеви, в майчино надгробно оплакване. Тоя прилив на новодошли думи, старинни и току-що родени за мене! Те ми разкриват нови нюанси на човешка болка и радост. Всяка сполучливо намерена дума носи едновременно мъката и утехата, защото е дала точен израз на мъката и значи я е облекчила с това.
Ако бих могла така точно да изразявам моите мисли и усещания, както Рафина умееше да извади верни, като на точилен камък наострени думи за своите, аз бих разбрала по-добре света и себе си и бих била по-добре разбрана. В нашия разговор, в самия наш речник се срещаха два века и се разбираха, и взаимно си прощаваха вината един пред друг. Рафина просто наливаше езика в душата ми. Аз го попивах заедно с багрите на халището й, с вкуса и аромата на ошава й, с керемидения здрач край огнището й. Щях да отнеса тоя език в себе си като противоядие в мъките. С него по-лесно се понася болката да живееш. 


Блага Димитрова, Пътуване към себе си


(туш, перо)
Автор на картината е Пенка Гайдарова ®.

*Тази публикация е своеобразно продължение на За думите...
от 26-ти януари 2014г.

Tuesday, April 01, 2014

На пътя, шофьорът...

От шофьорското място зад кормилото пътят изглежда съвсем друг. Завоят е мускулно напрежение. Стръмнината — изпитание на окомерната предвидливост. Трапчината — дебнещ удар по ресора. Далечината напред — задаваща се кола. Вятърът отзад — бръмчене на настигаща те кола. Асфалтът — предизвикателство за скорост. Всеки отрез от пътя те поглъща със своя цел: да задминеш оня камион и да се измъкнеш от пушилката му. Постигнеш тая мечта и за миг си щастлив. Грабне те друг идеал: да използваш свободното шосе и да вдигнеш бързина. Натиснеш педала, скоростта бликне от това твое малко усилийце, полетиш напред, превърнеш се във вятър и си отново щастлив — задоволил си и тоя свой каприз. Иззад завоя изскочи непредпазлива кола, без малко да се забиеш в нея, но преди да съобразиш, рефлексът ти извил волана точно толкова, колкото е необходимо. Ти си спасен. Светът край тебе е новороден. Живееш втори живот. При това го дължиш не на сляпа случайност, а на себе си. Накрая жив и цял, стигаш до пътния знак, с името на града, към който си тръгнал. Каква победа! Слизаш горд като Колумб. 

Блага Димитрова, Пътуване към себе си


Saturday, March 29, 2014

"Вече не се боях от огъня..."


Тогава прегръдката на Влад се разяри, мина отвъд мислимата сила. Отворих очи, уплашени от щастието. През рехавите стебла видях високите вълни на хребетите да се издигат и спадат, сякаш планината се разкамени, оживя и се развълнува като море. Ние лежахме върху опадалите, още топли листа като върху недоизтлели въглени. Бях нестинарка. Неговото сърце до гърдите ми биеше в някакъв обреден, ускорен, древен ритъм. Вече не се боях от огъня, защото самата бях огън.
Ако за такава узряла необходимост на двама ни един от друг, ако за такава надхвърлила предела сила на чувството е била нужна изневяра, аз я приемах. Добре дошла, моя мъка, щом чрез тебе достигам радостта! Благославям те, моя ревност и омраза, щом чрез тебе любовта ми става безгранична! Здрависвам те, моя смърт, щом чрез тебе осезавам живота!
В мене се надигна някакво ново дихание, което помете като суха шума изветрелите ми страхове, съмнения, задръжки, зависимости от думи и случайности, от вещи, които не притежавах, смешни разсъждения. Аз прозрях една проста истина:
Всичко може да разделя мъжа от жената и всичко може да свързва мъжа с жената, когато се обичат. Дори онова, което най-тясно ги свързва, може да ги раздели. И дори онова, което най-рязко ги разделя, може още по-здраво да ги свърже. 

Блага Димитрова, Пътуване към себе си


Thursday, March 27, 2014

"Noche de luna llena..."

La ambigua claridad del satélite, trastornando las perspectivas, puebla de duendes la llanura. Son las noches de las pequeñas cosas que de lejos se ven enormes, de las distancias incalculables, de las formas disparatadas. De las sombras blancas apostadas al pie de los árboles, de los jinetes misteriosos, inmóviles en los claros de sabana, que desaparecen de pronto cuando alguien se queda mirándolos. Noches de viajar «con el escalofrío de capotera y la Magnífica en los labios» — según decía Pajarote —. Noches alucinantes en que hasta las bestias duermen inquietas.
 

[...]
  
Las almas en pena que recorren sus malos pasos por los sitios donde los dieron; la Llorona, fantasma de las orillas de los ríos, caños o remansos, y cuyos lamentos se oyen a leguas de distancia; las ánimas que rezan a coro, con un rumor de enjambres, en la callada soledad de las matas, en los claros de luna de los calveros, y el Ánima Sola, que silba al caminante para arrancarle un padrenuestro, porque es el alma más necesitada del Purgatorio; la Sayona, hermosa enlutada, escarmiento de los mujeriegos trasnochadores, que les sale al paso, les dice: «Sígueme», y de pronto se vuelve y les muestra la horrible dentadura fosforescente, y las piaras de cerdos negros que Mandinga arrea por delante del viajero, y las otras mil formas bajo las cuales se presenta, todo se le había aparecido a Pajarote.


Rómulo Gallegos, Doña Bárbara

Saturday, March 22, 2014

La Nirvana de «Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom»

    Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.  
     Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.  
     Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Jorge Luis Borges, El Aleph,
"La escritura de Dios"



 

Thursday, March 20, 2014

Двама...

         Да минеш по улиците на непознат град редом до любимо рамо! Вървиш като замаян и сляп, а виждаш неща, които никога не би открил, ако бъдеш сам. Двама потъват незабележими, разтварят се в бързея на човешката река, сливат се с нейните неритмични вълни. И в същото време двамата са напълно изолирани, свободни, неуязвими от чужди погледи и помисли, самопогълнати, рамо до рамо. Съвсем сами — сред безброя. Хвърлят разсеяни и къси погледи наоколо, загледани навътре в радостта си, съсредоточени изцяло в самите тях. Така през себе си виждат истинската усмивка на света, улавят живеца му в собствените си затуптели сърца, откриват в любимия поглед пълната красота на живота. 

Блага Димитрова, Пътуване към себе си

 

Saturday, March 15, 2014

El espíritu mozárabe de Andalucía...

[...] Escribía con lenta seguridad, de derecha a izquierda; el ejercicio de formar silogismos y de eslabonar vastos párrafos no le impedía sentir, como un bienestar, la fresca y honda casa que lo rodeaba. En el fondo de la siesta se enronquecían amorosas palomas; de algún patio invisible se elevaba el rumor de la fuente; algo en la carne de Averroes, cuyos antepasados procedían de los desiertos árabes, agradecía la constancia del agua. Abajo estaban los jardines, la huerta; abajo, el atareado Guadalquivir y después la querida ciudad de Córdoba, no menos clara que Bagdad o que el Cairo, como un complejo y delicado instrumento, y alrededor (esto Averroes lo sentía también) se dilataba hacia el confín la tierra de España, en la que hay pocas cosas, pero donde cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno.

 Jorge Luis Borges, El Aleph,
"La busca de Averroes"

Los jardines de El Alcázar de Córdoba.

Wednesday, March 05, 2014

Случайността... съществува ли?

[...] Случаят е най-големият шегобиец на света. Когато търсиш някого с цялото си внимание, не можеш да го откриеш. А когато съвсем не очакваш да го срещнеш, дори когато престанеш да мислиш за него, той изведнъж изниква край тебе. Случаят обича да си играе на криеница и да изскочи тъкмо когато най-малко му се надяваш. 
 
 Блага Димитрова, Пътуване към себе си

Кадър от филма "Знак на съдбата"
с Кейт Бекинсейл и Джон Кюсак

"Farewell, farewell! One kiss, and I'll descend."

ROMEO AND JULIET 


ACT III.
SCENE V. Capulet's orchard.

Enter ROMEO and JULIET above, at the window:

JULIET
Wilt thou be gone? it is not yet near day:
It was the nightingale, and not the lark,
That pierced the fearful hollow of thine ear;
Nightly she sings on yon pomegranate-tree:
Believe me, love, it was the nightingale.

ROMEO
It was the lark, the herald of the morn,
No nightingale: look, love, what envious streaks
Do lace the severing clouds in yonder east:
Night's candles are burnt out, and jocund day
Stands tiptoe on the misty mountain tops.
I must be gone and live, or stay and die.

JULIET
Yon light is not day-light, I know it, I:
It is some meteor that the sun exhales,
To be to thee this night a torch-bearer,
And light thee on thy way to Mantua:
Therefore stay yet; thou need'st not to be gone.

ROMEO
Let me be ta'en, let me be put to death;
I am content, so thou wilt have it so.
I'll say yon grey is not the morning's eye,
'Tis but the pale reflex of Cynthia's brow;
Nor that is not the lark, whose notes do beat
The vaulty heaven so high above our heads:
I have more care to stay than will to go:
Come, death, and welcome! Juliet wills it so.
How is't, my soul? let's talk; it is not day.

JULIET
It is, it is: hie hence, be gone, away!
It is the lark that sings so out of tune,
Straining harsh discords and unpleasing sharps.
Some say the lark makes sweet division;
This doth not so, for she divideth us:
Some say the lark and loathed toad change eyes,
O, now I would they had changed voices too!
Since arm from arm that voice doth us affray,
Hunting thee hence with hunt's-up to the day,
O, now be gone; more light and light it grows.

ROMEO
More light and light; more dark and dark our woes!

Enter Nurse to the chamber.

Nurse
Madam!

JULIET
Nurse?

Nurse
Your lady mother is coming to your chamber:
The day is broke; be wary, look about.

Exit

JULIET
Then, window, let day in, and let life out.

ROMEO
Farewell, farewell! One kiss, and I'll descend.

He goeth down.


William Shakespeare


Wednesday, February 26, 2014

¡Descanse en paz!



In memoriam 

Francisco Sánchez Gómez, alias Paco de Lucía
(1947-2014)

В памет на Франсиско Санчес Гомес, 
по-познат като Пако де Лусиа 
(1947-2014)

Почивай в мир!

Tuesday, February 18, 2014

"За любовта"

Като гора душата своя крие,
изправена високо над балкана.
Ще ми покаже своята магия,
но иска аз заложник да ѝ стана.

Като небе далечно е безкрайна,
което под звездите се синее.
Ще ми открие нежната си тайна,
но иска винаги да съм при нея.

Като в море - при нея всичко има,
което няма и всемира даже.
Ще ми покаже красота незрима,
но иска от брега да се откажа.

Като земя е тя - от пръст, от време,
която много надалече свети.
Ще позволи аз всичко да си взема,
но иска да ѝ дам затуй сърцето.

Гора, Небе, Море, Земя... Всемира
в една усмивка топла е пред мене.
Какво ли ми остава да избирам?
Аз притежавам цялата вселена.

Евтим Евтимов


Sunday, February 16, 2014

На тръгване... / Al partir...


Никаква скорост, никакъв външен тласък не могат да те изтръгнат от мястото, където е пуснало корен сърцето ти. Не ти, а някакво чуждо тяло се носи шеметно по пътя. Ти издалеч го наблюдаваш с почуда: ти ли си това? И продължаваш да вирееш на единственото свое място в света, макар каменисто и пустинно. Гледаш крайпътните дървета с разбиране. И ти си едно от тях. Пътят минава край тебе. А ти стоиш на старото си място и само от корена на сърцето си можеш да пиеш сокове, за да се разлистваш, да протягаш клони към слънцето и да даваш плод. 

 ***

Ninguna velocidad, ningún empuje exterior te puede desarraigar del lugar donde tu corazón ha echo raíces. No tú, sino un cuerpo extraño viaja frenéticamente por el camino. Desde lejos tú lo comtemplas con extrañeza: ¿este eres tú? Y sigues creciendo en el único lugar en el mundo que es tuyo de verdad, aunque sea pedregoso y desierto. Miras los árboles por el camino con comprensión. Tú también eres uno de ellos. El camino pasa delante de ti pero tú estás en tu antiguo lugar y sólo por la raíz de tu corazón puedes beber zumos para reverdecer, para estirar ramas hacia el Sol y dar fruto.

© Cristiana Bobeva, traducción al castellano



Блага Димитрова (Blaga Dimitrova), 
Пътуване към себе си (Viaje hacia sí mismo)


Личен архив. / Archivo personal.

Saturday, February 15, 2014

"Роса"

Необясними, тъмни чудеса
природата сама ни обяснява.
В тревата грее сребърна роса,
която нежна светлина ни дава.

Звезда ли изгоряла е за нас,
че толкова гореща е душата?
Небето ли е плакало на глас,
поискало за тоя миг отплата?

Дали от сребърния млечен път
отронени сълзи сега това са,
нататък някъде да ни зоват,
където ветрове реки отнасят?

Не знам. Вървим по капки от роса,
тъй както нестинари по жарава.
Необясними, тъмни чудеса 
природата ни обяснява.

Дамян Дамянов